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Archivo para 30 mayo 2010

Desmontando a Kapuscinski

30 mayo 2010 Deja un comentario

Que un redactor consiga que recuerden su nombre es un trabajo que lleva años de buen hacer periodístico y que no siempre se consigue. ¿Recuerda usted el nombre del periodista que realizó el reportaje sobre los niños sicarios en Colombia? ¿O quién era Jose Luis López De Lacalle? Seguramente no. Por eso, que se celebre un seminario con el nombre de un periodista siempre le da a uno que pensar. Por pensar que, por fuerza, ese profesional debe ser bueno. 

Los pasados días 5 y 6 de mayo de 2010 se celebró en la UMH de Elche el II Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski, con la (breve) presencia del Dr. Santiago Fernández Ardanaz, vicedecano del área de Periodismo de la UMH; el Dr. José Luis González Esteban, director del Seminario; la Dra. Agnieszka Flisek, profesora de la Universidad de Varsovia y secretaria de Ryszard Kapuscinski entre 2003 y 2007; el Dr. Rubén Darío Torres, politólogo y profesor de la UNED; D. Agustín Vico, periodista especialista en Kapuscinski; la Dra. Malgorzata Kolankowska, hispanista, periodista y profesora en la WSF; y el Dr. Jędrzej Morawiecki, reportero y profesor de Periodismo en la Universidad de Wroclaw.

La aproximación a la persona que hay detrás de la pluma, la antropología de la comunicación, resulta estimulante y compleja. Tratar de comprender lo que un mismo texto puede significar para varias personas -con una formación más que digna y una capacidad crítica demostrada- es un ejercicio saludable y enriquecedor. Si la persona de la que se habla es Ryszard Kapuscinski, uno advierte enseguida que el Príncipe de Asturias de Comunicación conseguía dotar a sus textos de varios niveles de interpretación, que conseguía decir más de lo que decía.

El II Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski giraba en torno a la figura de este escritor a partir de una de sus obras más destacadas (si no lo son todas), El Emperador, obra en la que ya indagamos de forma sucinta en esta entrada. Este libro de Kapuscinski retrata la caída de un tirano, Haile Salassie, pero nos habla de algo más, nos habla de crueldad, de nepotismo, de corrupción política… de la naturaleza humana, al fin y al cabo.

Por eso nos resulta tan familiar lo que nos cuenta Kapuscinski en el El Emperador, porque esa misma historia se repite en distintos lugares con otros protagonistas, con otros matices, pero con igual resultado. Porque el periodista polaco, a lo largo de las páginas de El Emperador, nos retrata a nosotros mismos con nuestras miserias y nuestras contradicciones. Porque él mismo sentía que las escenas bélicas y los abusos presenciados en Etiopía en 1975, ya los había vivido en anteriores conflictos.

Pero hablar de El Emperador significa también, además de las distintas interpretaciones políticas o humanas, hablar del estilo del escritor. Kapuscinski pulía cada frase y trabajaba durante meses el estilo narrativo, la palabra misma tenía un gran valor para este escritor polaco. Es cierto que se salta todas las normas del reportaje, es cierto que el resultado final de su obra, por ello, resulta inclasificable, pero es Kapuscinski y puede hacerlo. El fin justifica los medios.

Porque El Emperador “no es un reportaje que nos relata la caída de un tirano como una concatenación de hechos, es un canto grupal de los cortesanos que lamentan la monarquía caida”, asegura Agnieszka Flisek en su ponencia. Y tiene razón. La estructura elegida por el autor para narrar su relato, desproviendo a esas voces de un nombre -supuestamente para que no se le reconozca, aunque cuenta con todo detalle su función en Palacio- es, sencillamente magistral, y conforma un retrato del dictador, y de la vida en Etiopía, extremadamente detallada.

Kapuscinski aseguraba además, que El Emperador no es el retrato del dictador Haile Selassie, sino de los hombres de la corte que hacen surgir la dictadura, la crean y luego la perfeccionan; sobre  los mecanismos del poder dictatorial y sobre el modo en que los individuos participan en ese poder, como ese poder los desmoraliza, los deprava, los desvirtúa, los deforma. El autor no se queda satisfecho con el mero registro de los hechos, quiere también transmitir una atmósfera o una reflexión y basándose en un barroquismo caduco lo consigue; difuminándose entre las voces registradas y convirtiéndose en una mero recopilador de esas voces.

También se desprende de la lectura de esta obra que occidente no es inocente en la ascensión y perpetuación de los regímenes autocráticos en África. El autor nos lo sugiere en varios pasajes de El Emperador, aunque no sea el tema central de la obra. Kapuscinski nos da a entender que occidente veía en Selassie un mal menor y hasta un dirigente exótico y progresista porque sustituía el linchamiento popular por el fusilamiento… cualquier excusa es buena para no perjudicar los propios intereses. Las mismas historias se repiten en distintos lugares con diferentes nombres.

Las interpretaciones e impresiones que nos transmite El Emperador, al fin y al cabo, son múltiples. La capacidad de dotar a los testimonios del otro de la universalidad, la cercanía y la multiplicidad de significados que Kapuscinski consigue en esta obra, sólo está al alcance de unos pocos elegidos. Pero si hay algo que se repite una y otra vez cuando se habla de este maestro es la frase: “yo descubrí a Kapuscinski porque me lo recomendó un amigo”. Porque una vez descubierto, uno quiere que sus allegados descubran lo que el periodista polaco esconde entre sus líneas: su manejo del lenguaje, su estilo inconfundible, su sentido del ritmo; la visión del mundo de una persona que se acercó a sus semejantes con una capacidad empática y una honestidad brutales.

Archivos relacionados:

Audio de la apertura del seminario y las ponencias de Agnieszka Flisek y Rubén Darío Torres

Audio de la intervención de Agustín Vico

Video de la ponencia de Agnieszka Flisek (fragmento)

Video de la ponencia de Rubén Darío Torres (fragmento)

Video de la ponencia de Agustín Vico (fragmento)

 

Desmontando a Kapuscinski II

30 mayo 2010 Deja un comentario

En el II Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski, los asistentes, entre los que me incluía, escuchábamos atentos las presentaciones de los ponentes. El día anterior se había debatido sobre la legitimidad de la biografía del Más Grande Maestro, escrita por aquel supuesto amigo. Las interpretaciones multidisciplinares de El Emperador se sucedían una tras otra. Hoy le tocaba el turno a los dos últimos asistentes.

 M. K.: 

El Emperador del reportaje no apareció de la nada, por supuesto, tiene una historia detrás, como todo el mundo. Al igual que el reportaje, cuyos orígenes se remontan a la antigua Roma. Los orígenes del reportaje en el país natal del Gran Maestro tiene nombres propios como Arkady Fiedler, que escribía sobre países exóticos y cuyos textos evocaban a los cuentos de hadas, escribiendo sobre Canadá o Madagascar; Alexander Janta-Polczynski, terriblemente fiel al género del reportaje puro; Krzysztof Kakolewski, que escribía severamente, casi en exclusiva, sobre la II Guerra Mundial; Kazimierz Dziewanowski, que se acerca más al lenguaje literario y aúna el humor con el escepticismo; Hanna Krall, que desarrolló sus reportajes en torno al Holocausto; Ksawery Pruszynski, que escribió el libro En la España Roja, ya que fue corresponsal en España duranta la Guerra Civil; y sobre todo, el padre del reportaje polaco, Melchior Wankowicz, que escribió varios títulos sobre reporterismo.   

Todo depende del punto de vista con el que se miren las cosas, y como decía Wankovicz, “Escribir un reportaje es como hacer un mosaico, no se puede pintar ninguna pieza, cada una hay que encontrarla en su propio color”. “No se puede añadir nada, un reportero es como un escritor realista o naturalista”. 

La historia del reporterismo en Polonia  se desarrolla después de la segunda guerra mundial. Es entre 1945 y 1989 cuando surgen los reporteros viajeros. Son reporteros nacidos entre los años 30-40 del siglo XX y que forman un gran grupo entre los que se encuentra Su Excelentísima figura. También encontramos otro grupo de reporteros nacidos entre en los años 50-60 y reunidos en la Gazeta Wyborcza.  

Su Más Extraordinaria Majestad refleja su filosofía y sus ideas más importantes en su libro El Encuentro con el Otro. Ahí La Gran Figura subraya la importancia de tratar a quien entrevistas e intentas conocer con respeto, responsabilidad y empatía. Hay que meterse en el mundo del otro, oler lo que él huele, ver, lo que ve, sufrir, incluso, lo que el otro sufre. El Gran Maestro llegó a sufrir malaria cerebral llevando su filosofía a la práctica. Nuestro Señor bajaba de su caballo de conquistador y se ponía a la altura del otro.

En la época anterior a la transición polaca no se podía escribir con libertad. Gazetta Wyborcza fue un medio fundamental en ese proceso y Su Venerable Majestad Elegido de Dios, uno de los precursores del reportaje más literario, mientras que Hanna Krall, coétanea y compañera del Gran Maestro, abogaba por una línea más estricta del reportaje.  

J. M.:

Cuando mis amigos se enteraron de que había sido invitado a un seminario sobre El Más grande periodista me pidieron que fuera embajador de Polonia y de el Más Grande Reportero. No quiero ser un desmitificador, no quiero derrumbar el monumento de su figura. El reporterismo de Su Majestad se aleja diametralmente de los estándares ofrecidos, por poner un ejemplo, en la BBC. La forma de tratar el reportaje de El Gran Maestro, podríamos definirla como más subjetiva.  

Desconozco los pormenores de la vida de su Augusta Majestad, pero sí conozco su obra, los fundamentos del reporterismo, de un hombre generador de temas tópicos.  Yo prefiero centrarme en el debate que atañe a la literatura non fiction, no sólo del reportaje, sino en un contexto más amplio. Cuando los reporteros como yo hablamos del Gran Maestro, surge enseguida un elemento de admiración. Cuando se quiere analizar de algunas de sus obras, enseguida uno siente la necesidad de no pronunciarse honestamente por miedo a ser tachado de envidioso o frustrado. La crítica negativa hacia la obra de El Más Extraordinario Señor nunca ha sido expresada de una manera directa.

Mi visión de Rusia, por poner un ejemplo, se ha forjado a través de los textos del Gran Maestro, y siempre he estado enamorado de su forma de tratar la información y la comunicación. Su excelentísima Majestad era muy importante, un referente para aprender a escribir. Eso no quiere decir que El Magnánimo Señor haya sido mi maestro, ni el de los demás reporteros que lo han tenido como referente. El maestro de un reportero es el jefe de su sección, sus colegas,  nunca el referente o el ejemplo a seguir. Aunque El Gran Maestro siempre está presente de alguna manera.  

El Emperador es una obra maestra en lo referente al estilo. una obra que tiene una fuerte influencia del autor, de sí mismo en cada frase. Pero eso no es malo. Al contrario, es un ejemplo, un modelo a seguir. Es curioso comprobar como cuando se visitan aquellos lugares que Su Majestad describe en sus textos, uno se encuentra exactamente con lo descrito por él. Su cuidado por el detalle es asombroso. Sus textos son muy plásticos, sensibles; son textos donde se reflejan las atmósferas, los detalles y la verdad contrastable de una manera magistral.Se suele tachar a Su Excelencia de ser un hechicero del reportaje. Aquí es donde debemos preguntarnos si ese es el camino para narrar los hechos, si crear un cuanto de hadas lleno de plasticidad y belleza es la ruta más acertada. Su venerable Majestad nos llevaba por esos caminos, llenos de peligros en muchas ocasiones, venciendo sus miedos para mostrarnos aquellas realidades que él conocía y transitaba de la mano del otro. Que nos mostraba con una sensibilidad que no encontramos a menudo.  

Las ideas iban resonando una y otra vez en mi cabeza. Los pendientes fulgurantes de M.K. se movían pendulando sin descanso, hipnóticos. Muchas preguntas quedaban sin respuesta y cada respuesta llevaba a varias preguntas. Como un mago, un prestidigitador del reportaje, Su Majestad nos dejaba su legado como el mejor testigo de su vida. El mejor ejemplo a seguir. La disección de la naturaleza humana. El reflejo de nosotros mismos.

Archivos relacionados:   

Audio de Malgorzata Kolankowska  

Audio de Jedrzej Morawiecki

Video de la intervención de Malgorzata Kolankowska (fragmento)

Video de la intervención de Jedrzej Morawiecki (fragmento)

Presentación de la Dra. Malgorzata Kolankowska

El último emperador

28 mayo 2010 1 Comentario

Con objeto de realizar un breve acercamiento a El Emperador de Ryszard Kapuscinski, puede ser acertado dar primero un rodeo para intentar aproximarnos –sólo un paso- a la naturaleza humana, tema principal de la obra del periodista polaco. Para ello, podrían ser reveladores los experimentos llevados a cabo en 1961 por Stanley Milgram en los que se concluía que personas normales y corrientes pueden actuar con una crueldad extrema si se ejerce sobre ellos la autoridad suficiente. Los sujetos estudiados en el experimento Milgram eran capaces de someter a sus semejantes a descargas eléctricas extremas, cuando una figura autoritaria se lo ordenaba.

En esa línea, también resulta muy esclarecedor el experimento de la cárcel de Stanford realizado por Philip G. Zimbardo diez años después en la Universidad de Stanford. En este estudio veinticuatro jóvenes fueron seleccionados para asumir roles de guardias y prisioneros (doce en cada grupo), con la finalidad de estudiar las reacciones y comportamientos de cada uno de ellos. Tras seis días (ocho antes de lo previsto) el experimento fue cancelado debido a los abusos que los “guardias” ejercían sobre los “prisioneros”.

Ambos estudios intentan encontrar la explicación a la maldad, a la crueldad humana, y a como los factores externos pueden determinar las acciones que llevamos a cabo –o la inacción-, ante hechos moralmente cuestionables o crueles. Las aproximaciones psicológicas resultan interesantes, pero más allá de la psicología, nos encontramos con la interpretación que Kapuscinski realiza sobre este hecho principal: la crueldad.

Porque El Emperador posee la capacidad de, hablando de los hechos concretos que el periodista vivió y escuchó en torno a Haile Selassie, el último emperador de Etiopía, evocar otros momentos y otras personas, otros hechos similares que podrían estar ahí, entre líneas. Quizá en esa virtud reside la magia del escritor polaco que, como todos los grandes escritores, consigue que la historia que nos cuenta nos resulte curiosamente familiar. Quizá las mismas historias se repiten sin descanso a lo largo de la historia, con otros actores, en distintos lugares.

Y si hay una historia que se repite más que cualquier otra, es la historia de la maldad, de la crueldad, del egoísmo, de los abusos de poder, del nepotismo… Distintos nombres para una sola conclusión: Rousseau estaba en lo cierto al sentenciar que “el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad quien le corrompe”. Kapuscinski lo sabía y nos transmitía esta máxima en cada una de sus obras: El Sha, que retrata el régimen iraní de Mohamed Reza Pahlevi; Cristo con un fusil al hombro, un canto a favor de todos aquellos que luchan contra la injusticia; El Imperio, que nos habla de los abusos cometidos durante la Revolución Rusa; La Guerra del fútbol, que recoge diversos conflictos africanos y latinoamericanos; Un día más con vida, donde nos cuenta la descolonización portuguesa de Angola y la guerra civil que asoló aquel país; El Mundo de hoy, en el que reflexiona sobre los acontecimientos más recientes, como el 11-S y el 11-M; o Viajes con Heródoto, donde nos muestra que existen muchos mundos, pero están en éste.

Las obras referidas, al igual que El Emperador, no hacen más que mostrarnos la naturaleza humana, lo crueles que pueden llegar a ser las personas presionadas por las circunstancias, y lo autoritarios, despóticos y perversos que se tornan aquellos que regentan el poder. Pero Kapuscinski consigue relatarlo de tal manera que se nos antoja terriblemente cercano, conocido. Como un buen poema, cada lector le atribuye una interpretación diferente, lo asume como propio.

Pero, El Emperador no es el simple retrato de, como el mismo Kapuscinski lo define, “un personaje simpático, un político perspicaz, un padre trágico, un avaro patológico”; ni siquiera es una descripción directa de ese dictador que “condenaba a muerte a inocentes e indultaba a culpables por simples caprichos del poder”. El emperador es un collage con los testimonios de aquellos que vieron directamente bajo el yugo de Selassie. De quienes respiraron el miedo cada hora de cada día –además agradecidos- bajo los mismos techos de palacio.

El autor consigue conformar así una fotografía exacta del dictador a través de los ojos de quienes convivían con él en palacio. Resuelve la máxima del show, don´t tell (muéstralo, no lo cuentes) en la que tanto han incidido nuestros profesores de la licenciatura de periodismo. Nos muestra las dos caras del último emperador de Etiopía: la de la opinión pública internacional que “presentaba al Emperador como un monarca tal vez un tanto exótico pero valiente, al que caracterizaban una energía inagotable, una mente despierta y una profunda sensibilidad; y la segunda, “que iba formando gradualmente la parte crítica y, al principio, poco numerosa de la opinión pública etíope” y que “presentaba al Monarca como un soberano capaz de hacer cualquier cosa con tal de mantener su poder y, ante todo, como un gran demagogo y un paternalista teatral, que con sus gestos y palabras enmascaraba la venalidad, la cerrazón y el servilismo de la élite gobernante, por él creada y mimada”, resaltando además que “como suele ocurrir en la vida, ambas imágenes eran auténticas.”

La única crítica que podría hacerse a El Emperador, es que –quizá por un propio exceso de desconfianza innata- algunas descripciones y conclusiones que los testigos aportan son demasiado poéticas como para haber salido por boca de ellos mismos. Quizá Kapuscinski adornara aquellos testimonios con su propia impronta para conformar su propia visión de los hechos. Quizá no. Pero sea como sea, es un viaje que nos acerca a la compleja naturaleza humana. Un viaje que ha de ser recorrido.

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