El último emperador
Con objeto de realizar un breve acercamiento a El Emperador de Ryszard Kapuscinski, puede ser acertado dar primero un rodeo para intentar aproximarnos –sólo un paso- a la naturaleza humana, tema principal de la obra del periodista polaco. Para ello, podrían ser reveladores los experimentos llevados a cabo en 1961 por Stanley Milgram en los que se concluía que personas normales y corrientes pueden actuar con una crueldad extrema si se ejerce sobre ellos la autoridad suficiente. Los sujetos estudiados en el experimento Milgram eran capaces de someter a sus semejantes a descargas eléctricas extremas, cuando una figura autoritaria se lo ordenaba.
En esa línea, también resulta muy esclarecedor el experimento de la cárcel de Stanford realizado por Philip G. Zimbardo diez años después en la Universidad de Stanford. En este estudio veinticuatro jóvenes fueron seleccionados para asumir roles de guardias y prisioneros (doce en cada grupo), con la finalidad de estudiar las reacciones y comportamientos de cada uno de ellos. Tras seis días (ocho antes de lo previsto) el experimento fue cancelado debido a los abusos que los “guardias” ejercían sobre los “prisioneros”.
Ambos estudios intentan encontrar la explicación a la maldad, a la crueldad humana, y a como los factores externos pueden determinar las acciones que llevamos a cabo –o la inacción-, ante hechos moralmente cuestionables o crueles. Las aproximaciones psicológicas resultan interesantes, pero más allá de la psicología, nos encontramos con la interpretación que Kapuscinski realiza sobre este hecho principal: la crueldad.
Porque El Emperador posee la capacidad de, hablando de los hechos concretos que el periodista vivió y escuchó en torno a Haile Selassie, el último emperador de Etiopía, evocar otros momentos y otras personas, otros hechos similares que podrían estar ahí, entre líneas. Quizá en esa virtud reside la magia del escritor polaco que, como todos los grandes escritores, consigue que la historia que nos cuenta nos resulte curiosamente familiar. Quizá las mismas historias se repiten sin descanso a lo largo de la historia, con otros actores, en distintos lugares.
Y si hay una historia que se repite más que cualquier otra, es la historia de la maldad, de la crueldad, del egoísmo, de los abusos de poder, del nepotismo… Distintos nombres para una sola conclusión: Rousseau estaba en lo cierto al sentenciar que “el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad quien le corrompe”. Kapuscinski lo sabía y nos transmitía esta máxima en cada una de sus obras: El Sha, que retrata el régimen iraní de Mohamed Reza Pahlevi; Cristo con un fusil al hombro, un canto a favor de todos aquellos que luchan contra la injusticia; El Imperio, que nos habla de los abusos cometidos durante la Revolución Rusa; La Guerra del fútbol, que recoge diversos conflictos africanos y latinoamericanos; Un día más con vida, donde nos cuenta la descolonización portuguesa de Angola y la guerra civil que asoló aquel país; El Mundo de hoy, en el que reflexiona sobre los acontecimientos más recientes, como el 11-S y el 11-M; o Viajes con Heródoto, donde nos muestra que existen muchos mundos, pero están en éste.
Las obras referidas, al igual que El Emperador, no hacen más que mostrarnos la naturaleza humana, lo crueles que pueden llegar a ser las personas presionadas por las circunstancias, y lo autoritarios, despóticos y perversos que se tornan aquellos que regentan el poder. Pero Kapuscinski consigue relatarlo de tal manera que se nos antoja terriblemente cercano, conocido. Como un buen poema, cada lector le atribuye una interpretación diferente, lo asume como propio.
Pero, El Emperador no es el simple retrato de, como el mismo Kapuscinski lo define, “un personaje simpático, un político perspicaz, un padre trágico, un avaro patológico”; ni siquiera es una descripción directa de ese dictador que “condenaba a muerte a inocentes e indultaba a culpables por simples caprichos del poder”. El emperador es un collage con los testimonios de aquellos que vieron directamente bajo el yugo de Selassie. De quienes respiraron el miedo cada hora de cada día –además agradecidos- bajo los mismos techos de palacio.
El autor consigue conformar así una fotografía exacta del dictador a través de los ojos de quienes convivían con él en palacio. Resuelve la máxima del show, don´t tell (muéstralo, no lo cuentes) en la que tanto han incidido nuestros profesores de la licenciatura de periodismo. Nos muestra las dos caras del último emperador de Etiopía: la de la opinión pública internacional que “presentaba al Emperador como un monarca tal vez un tanto exótico pero valiente, al que caracterizaban una energía inagotable, una mente despierta y una profunda sensibilidad; y la segunda, “que iba formando gradualmente la parte crítica y, al principio, poco numerosa de la opinión pública etíope” y que “presentaba al Monarca como un soberano capaz de hacer cualquier cosa con tal de mantener su poder y, ante todo, como un gran demagogo y un paternalista teatral, que con sus gestos y palabras enmascaraba la venalidad, la cerrazón y el servilismo de la élite gobernante, por él creada y mimada”, resaltando además que “como suele ocurrir en la vida, ambas imágenes eran auténticas.”
La única crítica que podría hacerse a El Emperador, es que –quizá por un propio exceso de desconfianza innata- algunas descripciones y conclusiones que los testigos aportan son demasiado poéticas como para haber salido por boca de ellos mismos. Quizá Kapuscinski adornara aquellos testimonios con su propia impronta para conformar su propia visión de los hechos. Quizá no. Pero sea como sea, es un viaje que nos acerca a la compleja naturaleza humana. Un viaje que ha de ser recorrido.