Desmontando a Kapuscinski

Que un redactor consiga que recuerden su nombre es un trabajo que lleva años de buen hacer periodístico y que no siempre se consigue. ¿Recuerda usted el nombre del periodista que realizó el reportaje sobre los niños sicarios en Colombia? ¿O quién era Jose Luis López De Lacalle? Seguramente no. Por eso, que se celebre un seminario con el nombre de un periodista siempre le da a uno que pensar. Por pensar que, por fuerza, ese profesional debe ser bueno. 

Los pasados días 5 y 6 de mayo de 2010 se celebró en la UMH de Elche el II Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski, con la (breve) presencia del Dr. Santiago Fernández Ardanaz, vicedecano del área de Periodismo de la UMH; el Dr. José Luis González Esteban, director del Seminario; la Dra. Agnieszka Flisek, profesora de la Universidad de Varsovia y secretaria de Ryszard Kapuscinski entre 2003 y 2007; el Dr. Rubén Darío Torres, politólogo y profesor de la UNED; D. Agustín Vico, periodista especialista en Kapuscinski; la Dra. Malgorzata Kolankowska, hispanista, periodista y profesora en la WSF; y el Dr. Jędrzej Morawiecki, reportero y profesor de Periodismo en la Universidad de Wroclaw.

La aproximación a la persona que hay detrás de la pluma, la antropología de la comunicación, resulta estimulante y compleja. Tratar de comprender lo que un mismo texto puede significar para varias personas -con una formación más que digna y una capacidad crítica demostrada- es un ejercicio saludable y enriquecedor. Si la persona de la que se habla es Ryszard Kapuscinski, uno advierte enseguida que el Príncipe de Asturias de Comunicación conseguía dotar a sus textos de varios niveles de interpretación, que conseguía decir más de lo que decía.

El II Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski giraba en torno a la figura de este escritor a partir de una de sus obras más destacadas (si no lo son todas), El Emperador, obra en la que ya indagamos de forma sucinta en esta entrada. Este libro de Kapuscinski retrata la caída de un tirano, Haile Salassie, pero nos habla de algo más, nos habla de crueldad, de nepotismo, de corrupción política… de la naturaleza humana, al fin y al cabo.

Por eso nos resulta tan familiar lo que nos cuenta Kapuscinski en el El Emperador, porque esa misma historia se repite en distintos lugares con otros protagonistas, con otros matices, pero con igual resultado. Porque el periodista polaco, a lo largo de las páginas de El Emperador, nos retrata a nosotros mismos con nuestras miserias y nuestras contradicciones. Porque él mismo sentía que las escenas bélicas y los abusos presenciados en Etiopía en 1975, ya los había vivido en anteriores conflictos.

Pero hablar de El Emperador significa también, además de las distintas interpretaciones políticas o humanas, hablar del estilo del escritor. Kapuscinski pulía cada frase y trabajaba durante meses el estilo narrativo, la palabra misma tenía un gran valor para este escritor polaco. Es cierto que se salta todas las normas del reportaje, es cierto que el resultado final de su obra, por ello, resulta inclasificable, pero es Kapuscinski y puede hacerlo. El fin justifica los medios.

Porque El Emperador “no es un reportaje que nos relata la caída de un tirano como una concatenación de hechos, es un canto grupal de los cortesanos que lamentan la monarquía caida”, asegura Agnieszka Flisek en su ponencia. Y tiene razón. La estructura elegida por el autor para narrar su relato, desproviendo a esas voces de un nombre -supuestamente para que no se le reconozca, aunque cuenta con todo detalle su función en Palacio- es, sencillamente magistral, y conforma un retrato del dictador, y de la vida en Etiopía, extremadamente detallada.

Kapuscinski aseguraba además, que El Emperador no es el retrato del dictador Haile Selassie, sino de los hombres de la corte que hacen surgir la dictadura, la crean y luego la perfeccionan; sobre  los mecanismos del poder dictatorial y sobre el modo en que los individuos participan en ese poder, como ese poder los desmoraliza, los deprava, los desvirtúa, los deforma. El autor no se queda satisfecho con el mero registro de los hechos, quiere también transmitir una atmósfera o una reflexión y basándose en un barroquismo caduco lo consigue; difuminándose entre las voces registradas y convirtiéndose en una mero recopilador de esas voces.

También se desprende de la lectura de esta obra que occidente no es inocente en la ascensión y perpetuación de los regímenes autocráticos en África. El autor nos lo sugiere en varios pasajes de El Emperador, aunque no sea el tema central de la obra. Kapuscinski nos da a entender que occidente veía en Selassie un mal menor y hasta un dirigente exótico y progresista porque sustituía el linchamiento popular por el fusilamiento… cualquier excusa es buena para no perjudicar los propios intereses. Las mismas historias se repiten en distintos lugares con diferentes nombres.

Las interpretaciones e impresiones que nos transmite El Emperador, al fin y al cabo, son múltiples. La capacidad de dotar a los testimonios del otro de la universalidad, la cercanía y la multiplicidad de significados que Kapuscinski consigue en esta obra, sólo está al alcance de unos pocos elegidos. Pero si hay algo que se repite una y otra vez cuando se habla de este maestro es la frase: “yo descubrí a Kapuscinski porque me lo recomendó un amigo”. Porque una vez descubierto, uno quiere que sus allegados descubran lo que el periodista polaco esconde entre sus líneas: su manejo del lenguaje, su estilo inconfundible, su sentido del ritmo; la visión del mundo de una persona que se acercó a sus semejantes con una capacidad empática y una honestidad brutales.

Archivos relacionados:

Audio de la apertura del seminario y las ponencias de Agnieszka Flisek y Rubén Darío Torres

Audio de la intervención de Agustín Vico

Video de la ponencia de Agnieszka Flisek (fragmento)

Video de la ponencia de Rubén Darío Torres (fragmento)

Video de la ponencia de Agustín Vico (fragmento)

 

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