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Archivo para la Categoría "Periodismo de película"

Las gafas de Estefano

6 enero 2010 Deja un comentario

Cuanto más lee uno sobre la profesión periodística más cuenta se da de que no todo está dicho y más repara en la enorme cantidad de variables, casos y cosas que suceden entorno al mejor oficio del mundo. Las lecturas de teóricos y profesionales como Juan Varela, John Carlin, Daniel Akst, Arcadi Espada o Ryszard Kapuscinski, por nombrar algunos, pueden darnos una muestra de lo holístico de esta profesión. Algo que en ocasiones puede provocar vértigo.

Sin embargo, es la historia la que en ocasiones nos da más pistas sobre qué es necesario revisar, perfeccionar y resolver en este oficio (que espero pronto sea el mio) que es el periodismo. Me refiero a los casos ocurridos a finales del siglo XX y principios del XXI, como los de Janet Cook o Jason Blair, y más específicamente al de Stephen Glass en el The New Republic.

La historia de Glass, llevada al cine en el año 2003 por el director Billy Ray bajo el título El precio de la verdad es la historia de un joven reportero que comienza a despuntar en su oficio gracias a las historias que narra y a un soberbio manejo de las relaciones interpersonales. Al fin y al cabo, la historia de un manipulador.

Las técnicas de Glass para eludir los ferréos controles de la publicación para la que trabajaba pasaban por la presentación de notas falsas o tarjetas de visita inexistentes y en todas las ocasiones se escudaban en fuentes anónimas o fuentes exclusivas del periodista que dificilmente se podían verificar. Una praxis que se encuentra en el punto contrario de cualquier norma de transparencia. Por otro lado, el factor más preocupante es como a pesar de las técnicas utilizadas por la publicación para corroborar las historias de Glass, éstas superaron la prueba.

La organización redaccional en este caso, a pesar de una estructura supuestamente piramidal, pone a lo dos directores que Glass tuvo como jefes, Andrew Sullivan y Chuck Lane, y a su editor, Michael Kelly, en una posición de amparo y confianza hacia su redactor llevada hasta donde puede llevarse. Una postura que cualquier periodista desearía para sí llegado el momento.

Lo mejor de toda la historia de Stephen Glass es que los primeros en darse cuenta de ese engaño (si bien hubo pistas anteriores que ponían en duda los artículos de Glass) se encontraban en una redacción periodística;los segundos lo contrastaron en otra y se finiquitó pidiendo una disculpa pública.

Lo peor, es que este personaje consiguió vender su historia y convertirla en un Best-Seller. En ocasiones, como decía Einstein, la estupidez humana es infinita.

The Whistleblower

6 enero 2010 Deja un comentario

Si hacíamos mención en la anterior entrada a las posibles motivaciones que llevaron a Mark Felt (garganta profunda) a convertirse en la fuente anónima más conocida de la historia del periodismo, mucho más controvertidas pueden ser las razones que llevaron a Jeffrey Wigand  a servir como fuente exclusiva del periodista  Lowell Bergman para destapar uno de los casos más sonados de los últimos veinte años, poniendo así en conocimiento de la opinión pública las prácticas de las industrias tabaqueras y la manipulación que éstas realizaban (¿realizan?) en los efectos de la nicotina. En cualquier caso, sólo Wigand conoce la verdad, aunque bien es cierto que son las acciones individuales las que marcan la diferencia. Las motivaciones personales son multívocas y extrañas la mayoría de las veces. Cada palo que aguante su vela.

Lo que sí parece más clara es la razón que impulsó Bergman a enfrentarse con los directivos de su cadena para que la entrevista llevada a cabo y la información que se manejaba en ella llegara a ver la luz. Y esa razón no es otra que  uno de los elementos fundamentales del periodismo: El periodismo debe lealtad ante todo a los ciudadanos.

En el caso de Jeffrey Wigand confluyen varios factores singulares: la figura de un informante exclusivo que posee una información privilegiada (aunque el asunto fue tratado también por Vanity Fair); un periodista que pondrá toda la carne en el asador para proteger a su fuente y la entrevista estrella de su reportaje (si bien circulan versiones diferentes a las tratadas en la película El Dilema);  unos enemigos con muchísimo poder en todas las esferas; y unos directivos que por miedo a una demanda multimillonaria dejan a su redactor con el culo al aire y se quitan de un plumazo el problema simplemente mirando para otro lado.

La organización redaccional en este caso está más que clara. Es cristalina. En la cúspide de una enorme pirámide se encuentran los directivos e inversores que lo único que persiguen son los beneficios de la cadena y se pasan por el arco de triunfo todas esas memeces (eso iba en tono sarcástico) de que el propietario / la empresa periodística deben comprometerse en primer lugar con el ciudadano o que los periodistas tienen la última palabra sobre las noticias.

Para finalizar mis impresiones sobre este caso en concreto diré que el visionado de una adaptación cinematográfica sobre un hecho real (El Dilema) no es suficiente para valorar los hechos acontecidos y mucho menos si existen voces que se alzan para advertirnos sobre tergiversaciones de la realidad.

Y como siempre hay alguien mucho más inteligente, os dejo este enlace que hace una serie de valoraciones a raiz del argumento de la película El Dilema, realizadas por el profesor Jose Manuel Rivas Troitiño, aquí.

Garganta Profunda

6 enero 2010 1 Comentario

Berstein y Woodward en el Washington PostSi existe un caso periodístico que la mayor parte del mundo conoce, por las repercusiones que tuvo, ese es el caso Watergate. Este escándalo, que supuso la primera dimisión de un presidente estadounidense, fue destapado de forma brillante por dos periodistas del Washington Post a raíz de una investigación que ya estaba en marcha, si bien la mayor parte del trabajo de campo fue realizado de forma directa con las fuentes principales, preguntando insistentemente por lo que había ocurrido.

El trabajo realizado por Bob Woodward y Carl Berstein germinó la semilla del periodismo de investigación que otros periódicos coetáneos se apresuraron en cubrir, siendo hoy un área fundamental de cualquier medio de comunicación que se precie. Sin embargo, mucho hay que decir sobre la cobertura que la presidenta de la cabecera Katharine Graham y su director, Ben Bradlee , proporcionaron a los dos jóvenes redactores del periódico, que nos habla de una organización redaccional que se aleja de las definiciones al uso, borrando cualquier rastro de pirámides o círculos y basando esta organización en algo mucho menos tangible: la confianza. Por supuesto la confianza no se da porque sí, sino que se gana a través de un arduo trabajo y un proceso de verificación exhaustivo, como podemos ver en la película Todos los hombres del presidente.

Con todo, existe otro elemento clave en el escándalo que Woodward y Berstein consiguieron sacar a la luz. Es la fuente anónima más conocida del mundo. Su nombre: Mark Felt.

A nadie se le escapa que sin la cooperación de Felt (garganta profunda), las pesquisas iniciadas por los dos periodistas nunca hubieran llegado a buen término. Sobre las motivaciones de Felt mucho se ha escrito (venganza, patriotismo), y sobre la relación de éste con Woodward (con un pasado secreto), también. Lo que está claro es que una sola fuente no puede destapar un caso de la envergadura del Watergate, aunque esa fuente fuera el número dos del FBI. Fueron necesarias muchas llamadas, reuniones, entrevistas y verificaciones -en definitiva, fuentes directas, indirectas, oficiales, complementarias, exclusivas y compartidas- para que estos dos profesionales pudieran sacar a la luz pública el escándalo que acabó con la carrera política de Richard Nixon.

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