Los elementos del periodismo IV / Ágora
Comenzamos la penúltima entrada dedicada al libro Los Elementos del Periodismo de Bill Kovach y Tom Rosenstiel. En ella nos basaremos en el capítulo VII de este libro: El periodismo como foro público.
Desde sus orígenes en el ágora griego hasta nuestros días, cualquier sociedad ha tenido sus foros públicos de discusión. Y como mantienen los autores de Los elementos del periodismo, el periodismo debe proporcionar un foro público para la crítica y el comentario. Pero esos foros deben basarse en los mismos principios que la profesión requiere: veracidad, fidelidad a los hechos y verificación. Intentando no caer en prácticas más propias de sofistas, en el sentido peyorativo del término, o de nihilistas.
Porque si bien el periodista, en la formación de una opinión pública, está capcitado para opinar sobre los hechos noticiosos que concurren en la actualidad, es necesario que huya de posiciones extremas, ya que esta manera de desempeñar su función periodística no constituye un servicio público, más bien excluye a la mayor parte de los ciudadanos. Por ello es importante que el foro público creado en los medios incluya las amplias zonas de consenso a las que pertenece la mayor parte de la ciudadanía. Entre el blanco y el negro hay una amplía gama de grises.
Pero en una época en la que hemos cambiado las chateos en el bar por las chateos en la red, el intercambio social también ha variado. La tecnología ha propiciado que los medios de comunicación tengan un mayor feedback con sus oyentes/ lectores/ espectadores y que estos medios tengan una mayor información sobre lo que interesa al ciudadano. Paradójicamente, en lugar de utilizar esta tecnología para contarnos más y mejores historias, dedican sus espacios cada vez a menos temas, con menos verificación y rigor. La tecnología no nos libera, nos convierte en cautivos.
Proliferan por doquier los programas de corte opinativo extremo. Contertulios exaltados que convierten ese espacio de debate en una pelea de bar. Un pseudoperiodismo que la escritora Deborah Tannen ha llamado la cultura de la polémica. Pero este auge no se debe a que las audiencias prefieran este tipo de enfrentamientos, sino que resulta más barato para las empresas periodísticas. Otra vez nos encontramos con el mismo problema: el periodista no puede ejercer su labor de una forma correcta si no es auspiciado por el dinero de terceros; y otra vez salta a la vista la solución: el periodista que desee ejercer su profesión de una forma correcta y profesional, cada vez más debe buscar la financiación por otras vías, ya comentadas en el post anterior.
Los elementos del periodismo III / ¡Cuidado que te veo!
Continuamos con la tercera de las entradas dedicadas al libro Los Elementos del Periodismo de Bill Kovach y Tom Rosenstiel. En ella nos basaremos en el capítulo VI de este libro: Vigilar al poder y dar voz al que no la tiene.
Y es que esa es una de las causas de que al periodismo se le denomine como el cuarto poder, la observancia de los poderosos y la denuncia de casos de aquellas personas que no pueden alzar su voz. Podemos leer en el sexto capítulo de este libro -que se refiere al periodismo estadounidense, pero que es extrapolable también a España, desde mi punto de vista- que el gran asalto del periodismo como observador y denunciante tuvo su origen en 1964, con la concesión del premio Pulitzer, en la categoría de periodismo de investigación, al Philadelphia Bulletin -hoy sin edición en papel- por desvelar que los agentes de policía de Filadelfia estaban implicados en la organización de una lotería clandestina. Aunque yo me pregunto si no sería la misma organización de los premios quien incentivó el surgimiento de este tipo de reportajes y no ese reportaje en sí.
La cuestión es que con ese tipo de periodismo en auge se iniciaba una nueva era en la prensa estadounidense. Ocho años después, Woodward y Bernstein reafirmaban con el caso Watergate el periodismo de investigación y, con el tiempo, los diarios consolidaron su actividad investigadora como un principio fundamental de distinción con otros medios. Hoy, nueve de cada diez periodistas creen que la prensa “evita que los líderes políticos hagan cosas que no deben hacer” (me gustaría que me presentaran al que no lo cree).
Se distiguen tres tipos básicos de periodismo de investigación: periodismo de investigación original, periodismo de investigación interpretativo e información sobre investigaciones que ya están en curso. En cualquiera de sus formas, la función se resume en vigilar a los escasos poderosos de una sociedad en representación de los muchos que no lo son y en muchísimas situaciones estas denuncias derivarán en las acciones judiciales correspondientes. Por ello, el periodista debe tener cuidado para no convertirse en la herramienta de intereses de las fuentes consultadas.
Pero este tipo de periodismo es caro y en demasiadas ocasiones se disfrazan de periodismo de investigación reportajes sobre estilos de vida, consumismo, salud o famosos y se obvian temas como economía, educación o política exterior. Porque casi siempre, quien paga quiere ver traducida su inversión en más ejemplares vendidos o en mayores cuotas de audiencia.
Y es por esa razón por la que desde 1990 vienen surgiendo iniciativas que buscan la independencia investigadora del periodista, al margen -o por lo menos no tan pendientes- de la productividad: el Center for Public Integrity fundado por Charles Lewis (ex productor de 60 Minutes); el Fund for investigative Journalism que ofrece becas a reporteros freelence que desarrollan su labor sin el amparo de los grandes medios; el Open Society Institute de la Soros Foundation becando también para reporteros que se centran en la justicia criminal; la iniciativa de David Burnham que desarrolla programas informáticos que facilitan a los profesionales la consulta de archivos oficiales; o la página web donde Morton Mintz escribe, Tompaine.com, una página sin ánimo de lucro en la que se examinan cuestiones que no tienen cabida en los medios de comunicación al uso.
Lo que cada vez está más claro es que si el periodista quiere ser fiel a los principios fundamentales en los que se sustenta su profesión, la tendencia debe ser depender menos del empresario que pone su dinero y empezar a ponerlo uno mismo, ya sea individualmente con propuestas frescas e innovadoras, ya sea por medio de asociaciones, o buscando alternativas a los medios de comunicación al uso. Un recuerdo para soitu.
Los elementos del periodismo II / Me lo creo porque me lo cuentas tú
Proseguimos la serie de cinco entradas sobre la obra Los Elementos del Periodismo de Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Esta segunda entrada se refiere al capítulo IV de este libro: Periodismo de verificación.
Uno de mis profesores de la licenciatura de periodismo desencadenó en 2008 una polémica por publicar en su blog unas declaraciones de Alex Grijelmo que pidió un off the record en un foro público después -ésta es la palabra clave- de haber largado lo que tenía que haber callado. Por suerte había documentos sonoros que apoyaban lo mantenido por este profesor y además, González Esteban había acudido a esa conferencia, no se lo habían contado, no dependía de ninguna fuente para mantener sus afirmaciones.
Pero que el periodista se encuentre en el lugar de los hechos es tan solo uno de los supuestos -el menos usual- a la hora de elaborar una noticia. Por regla general, la información estará subordinada a una o varias fuentes y del proceso de verificación al que el periodista someta esas informaciones dependerá la fiabilidad de lo que escribe. De lo que mantiene. Y parafraseando a los autores del libro que estamos aquí desgranando: la esencia del periodismo es la disciplina de verificación, porque únicamente el periodismo se centra en el relato fidedigno de los hechos.
Porque al fin y a la postre, como mantiene Phil Meyer, el periodismo y la ciencia tienen las mismas raíces intelectuales, porque una vez asumida la objetividad en el oficio periodístico como una quimera, debemos entendarla como una serie de técnicas que guían al periodista en el desarrollo y verificación de su trabajo. Es decir, el periodista debe ser exhaustivo a la hora de verificar que las informaciones a las que tiene acceso son fidedignas.
Además de esa exhaustividad, tampoco está de más seguir los preceptos que Bill Kovach y Tom Rosenstiel nos regalan en Los Elementos del Periodismo: Nunca añadas nada que no esté; nunca engañes al lector; sé lo más transparente posible con tus métodos y motivos; confía en tus propias investigaciones; y haz de tu profesión humildad.
Puede que a primera vista parezcan perogrulladas, pero no es lo mismo decirlo que llevarlo a cabo y siempre es necesario que existan profesionales que nos adviertan de los peligros que entraña la profesión periodística, de los errores que acechan a la vuelta de la esquina, de todas y cada una de las situaciones en las que un periodista puede no hacerlo del todo bien, para que lo tengamos siempre presente. Para ser lo más transparentes y profesionales que nos sea posible.
Los elementos del periodismo I / ¿Quién paga la fiesta?
Comenzamos aquí una serie de cinco entradas sobre la obra Los Elementos del Periodismo de los periodistas Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Esta primera entrada se refiere al capítulo III de este libro: Para quién trabaja el periodista.
Y no es una cuestión baladí la que tocan sus autores en este capítulo porque de un tiempo a esta parte la empresa periodística se ha visto supeditada a los beneficios en detrimento de la calidad. Encontrar el equilibrio en este punto es complicado, porque si bien es indiscutible que una de las reglas básicas del periodista es la lealtad a los ciudadanos, no está tan claro que también lo sea del empresario o el accionista del medio, ya sea un periódico, una televisión, una radio o un portal de internet.
Lo que también es indiscutible es que una apuesta por la calidad informativa es a largo plazo la apuesta más segura para cualquier medio. Como sostiene Luis Bassat, la mejor inversión publicitaria en un producto es mejorar el producto y esa apuesta ya ha sido realizada por varios medios de comunicación, el primero, The New York Times en 1896 de la mano de Adolph Ochs. Sin embargo, los resultados económicos mandan y cada vez es más difícil hacer un all in con esa mano.
Mantienen los autores en este libro, sorprendentemente descatalogado, que hasta los últimos años del siglo XIX no comenzaron los editores a sustituir la ideología política por independencia editorial (¿?), pero lo que es más importante, es como esa independencia editorial en ocasiones puede desembocar en el aislamiento y que a veces, algunos periodistas tratan de honrar a la independencia por esa propia independencia, sin más.
Porque, ¿son los periodistas los historiadores del presente o deben ser los intérpretes de una realidad cada vez más complicada? Yo creo que ambas funciones son perfectamente compatibles: según quien interprete esa realidad, el periodista en cuestión tendrá más o menos público que siga sus reflexiones y sus opiniones; y según lo fiel que sea a la verdad ese periodista sobre los hechos noticiosos y lo transparente que se muestre en lo relativo a su manera de desentrañar la noticia, mayor será el vínculo que cree con el lector.
Pero, ¿quién paga la fiesta? Pues por el momento la deben pagar los empresarios de los medios, y su compromiso por la independencia debe ser igual de ferreo con sus empleados, como los de estos con el público. Debe buscarse ese término medio entre beneficios -que han sido tan pingües en los últimos años que a los directivos se les hace cuesta arriba que ya no lo sean- y calidad, pero teniendo siempre presente que las verdades nunca pueden ser a medias. Cuando ello ya no sea posible a los periodistas sólo les quedará publicar en la red.
Las gafas de Estefano
Cuanto más lee uno sobre la profesión periodística más cuenta se da de que no todo está dicho y más repara en la enorme cantidad de variables, casos y cosas que suceden entorno al mejor oficio del mundo. Las lecturas de teóricos y profesionales como Juan Varela, John Carlin, Daniel Akst, Arcadi Espada o Ryszard Kapuscinski, por nombrar algunos, pueden darnos una muestra de lo holístico de esta profesión. Algo que en ocasiones puede provocar vértigo.
Sin embargo, es la historia la que en ocasiones nos da más pistas sobre qué es necesario revisar, perfeccionar y resolver en este oficio (que espero pronto sea el mio) que es el periodismo. Me refiero a los casos ocurridos a finales del siglo XX y principios del XXI, como los de Janet Cook o Jason Blair, y más específicamente al de Stephen Glass en el The New Republic.
La historia de Glass, llevada al cine en el año 2003 por el director Billy Ray bajo el título El precio de la verdad es la historia de un joven reportero que comienza a despuntar en su oficio gracias a las historias que narra y a un soberbio manejo de las relaciones interpersonales. Al fin y al cabo, la historia de un manipulador.
Las técnicas de Glass para eludir los ferréos controles de la publicación para la que trabajaba pasaban por la presentación de notas falsas o tarjetas de visita inexistentes y en todas las ocasiones se escudaban en fuentes anónimas o fuentes exclusivas del periodista que dificilmente se podían verificar. Una praxis que se encuentra en el punto contrario de cualquier norma de transparencia. Por otro lado, el factor más preocupante es como a pesar de las técnicas utilizadas por la publicación para corroborar las historias de Glass, éstas superaron la prueba.
La organización redaccional en este caso, a pesar de una estructura supuestamente piramidal, pone a lo dos directores que Glass tuvo como jefes, Andrew Sullivan y Chuck Lane, y a su editor, Michael Kelly, en una posición de amparo y confianza hacia su redactor llevada hasta donde puede llevarse. Una postura que cualquier periodista desearía para sí llegado el momento.
Lo mejor de toda la historia de Stephen Glass es que los primeros en darse cuenta de ese engaño (si bien hubo pistas anteriores que ponían en duda los artículos de Glass) se encontraban en una redacción periodística;los segundos lo contrastaron en otra y se finiquitó pidiendo una disculpa pública.
Lo peor, es que este personaje consiguió vender su historia y convertirla en un Best-Seller. En ocasiones, como decía Einstein, la estupidez humana es infinita.
The Whistleblower
Si hacíamos mención en la anterior entrada a las posibles motivaciones que llevaron a Mark Felt (garganta profunda) a convertirse en la fuente anónima más conocida de la historia del periodismo, mucho más controvertidas pueden ser las razones que llevaron a Jeffrey Wigand a servir como fuente exclusiva del periodista Lowell Bergman para destapar uno de los casos más sonados de los últimos veinte años, poniendo así en conocimiento de la opinión pública las prácticas de las industrias tabaqueras y la manipulación que éstas realizaban (¿realizan?) en los efectos de la nicotina. En cualquier caso, sólo Wigand conoce la verdad, aunque bien es cierto que son las acciones individuales las que marcan la diferencia. Las motivaciones personales son multívocas y extrañas la mayoría de las veces. Cada palo que aguante su vela.
Lo que sí parece más clara es la razón que impulsó Bergman a enfrentarse con los directivos de su cadena para que la entrevista llevada a cabo y la información que se manejaba en ella llegara a ver la luz. Y esa razón no es otra que uno de los elementos fundamentales del periodismo: El periodismo debe lealtad ante todo a los ciudadanos.
En el caso de Jeffrey Wigand confluyen varios factores singulares: la figura de un informante exclusivo que posee una información privilegiada (aunque el asunto fue tratado también por Vanity Fair); un periodista que pondrá toda la carne en el asador para proteger a su fuente y la entrevista estrella de su reportaje (si bien circulan versiones diferentes a las tratadas en la película El Dilema); unos enemigos con muchísimo poder en todas las esferas; y unos directivos que por miedo a una demanda multimillonaria dejan a su redactor con el culo al aire y se quitan de un plumazo el problema simplemente mirando para otro lado.
La organización redaccional en este caso está más que clara. Es cristalina. En la cúspide de una enorme pirámide se encuentran los directivos e inversores que lo único que persiguen son los beneficios de la cadena y se pasan por el arco de triunfo todas esas memeces (eso iba en tono sarcástico) de que el propietario / la empresa periodística deben comprometerse en primer lugar con el ciudadano o que los periodistas tienen la última palabra sobre las noticias.
Para finalizar mis impresiones sobre este caso en concreto diré que el visionado de una adaptación cinematográfica sobre un hecho real (El Dilema) no es suficiente para valorar los hechos acontecidos y mucho menos si existen voces que se alzan para advertirnos sobre tergiversaciones de la realidad.
Y como siempre hay alguien mucho más inteligente, os dejo este enlace que hace una serie de valoraciones a raiz del argumento de la película El Dilema, realizadas por el profesor Jose Manuel Rivas Troitiño, aquí.
Garganta Profunda
Si existe un caso periodístico que la mayor parte del mundo conoce, por las repercusiones que tuvo, ese es el caso Watergate. Este escándalo, que supuso la primera dimisión de un presidente estadounidense, fue destapado de forma brillante por dos periodistas del Washington Post a raíz de una investigación que ya estaba en marcha, si bien la mayor parte del trabajo de campo fue realizado de forma directa con las fuentes principales, preguntando insistentemente por lo que había ocurrido.
El trabajo realizado por Bob Woodward y Carl Berstein germinó la semilla del periodismo de investigación que otros periódicos coetáneos se apresuraron en cubrir, siendo hoy un área fundamental de cualquier medio de comunicación que se precie. Sin embargo, mucho hay que decir sobre la cobertura que la presidenta de la cabecera Katharine Graham y su director, Ben Bradlee , proporcionaron a los dos jóvenes redactores del periódico, que nos habla de una organización redaccional que se aleja de las definiciones al uso, borrando cualquier rastro de pirámides o círculos y basando esta organización en algo mucho menos tangible: la confianza. Por supuesto la confianza no se da porque sí, sino que se gana a través de un arduo trabajo y un proceso de verificación exhaustivo, como podemos ver en la película Todos los hombres del presidente.
Con todo, existe otro elemento clave en el escándalo que Woodward y Berstein consiguieron sacar a la luz. Es la fuente anónima más conocida del mundo. Su nombre: Mark Felt.
A nadie se le escapa que sin la cooperación de Felt (garganta profunda), las pesquisas iniciadas por los dos periodistas nunca hubieran llegado a buen término. Sobre las motivaciones de Felt mucho se ha escrito (venganza, patriotismo), y sobre la relación de éste con Woodward (con un pasado secreto), también. Lo que está claro es que una sola fuente no puede destapar un caso de la envergadura del Watergate, aunque esa fuente fuera el número dos del FBI. Fueron necesarias muchas llamadas, reuniones, entrevistas y verificaciones -en definitiva, fuentes directas, indirectas, oficiales, complementarias, exclusivas y compartidas- para que estos dos profesionales pudieran sacar a la luz pública el escándalo que acabó con la carrera política de Richard Nixon.