Las gafas de Estefano
Cuanto más lee uno sobre la profesión periodística más cuenta se da de que no todo está dicho y más repara en la enorme cantidad de variables, casos y cosas que suceden entorno al mejor oficio del mundo. Las lecturas de teóricos y profesionales como Juan Varela, John Carlin, Daniel Akst, Arcadi Espada o Ryszard Kapuscinski, por nombrar algunos, pueden darnos una muestra de lo holístico de esta profesión. Algo que en ocasiones puede provocar vértigo.
Sin embargo, es la historia la que en ocasiones nos da más pistas sobre qué es necesario revisar, perfeccionar y resolver en este oficio (que espero pronto sea el mio) que es el periodismo. Me refiero a los casos ocurridos a finales del siglo XX y principios del XXI, como los de Janet Cook o Jason Blair, y más específicamente al de Stephen Glass en el The New Republic.
La historia de Glass, llevada al cine en el año 2003 por el director Billy Ray bajo el título El precio de la verdad es la historia de un joven reportero que comienza a despuntar en su oficio gracias a las historias que narra y a un soberbio manejo de las relaciones interpersonales. Al fin y al cabo, la historia de un manipulador.
Las técnicas de Glass para eludir los ferréos controles de la publicación para la que trabajaba pasaban por la presentación de notas falsas o tarjetas de visita inexistentes y en todas las ocasiones se escudaban en fuentes anónimas o fuentes exclusivas del periodista que dificilmente se podían verificar. Una praxis que se encuentra en el punto contrario de cualquier norma de transparencia. Por otro lado, el factor más preocupante es como a pesar de las técnicas utilizadas por la publicación para corroborar las historias de Glass, éstas superaron la prueba.
La organización redaccional en este caso, a pesar de una estructura supuestamente piramidal, pone a lo dos directores que Glass tuvo como jefes, Andrew Sullivan y Chuck Lane, y a su editor, Michael Kelly, en una posición de amparo y confianza hacia su redactor llevada hasta donde puede llevarse. Una postura que cualquier periodista desearía para sí llegado el momento.
Lo mejor de toda la historia de Stephen Glass es que los primeros en darse cuenta de ese engaño (si bien hubo pistas anteriores que ponían en duda los artículos de Glass) se encontraban en una redacción periodística;los segundos lo contrastaron en otra y se finiquitó pidiendo una disculpa pública.
Lo peor, es que este personaje consiguió vender su historia y convertirla en un Best-Seller. En ocasiones, como decía Einstein, la estupidez humana es infinita.